Lo extraño tremendamente

Kai (izquierda) y Richard (derecha).
Kai (Andrew Leung) murió hace poco. El cuarto en donde Richard (Ben Wishaw) y Kai vivían juntos todavía huele al ahora muerto, las fotos que se tomaron están aún sobre la mesita de noche, y Richard usa palillos chinos para manipular el tocino con el que prepara la comida, en un ritual que aprendió de Kai durante el contacto diario. "I miss him tremendously" dicen sus labios temblorosos.
Contemplo con asombro la hermosura de Ben Wishaw y Andrew Leung, que aun con aspecto de recién levantados (los cabellos alborotados y la barba incipiente) serían prospectos de boda instantánea. Observo la humedad de los ojos de Wishaw al mirar a Leung y luego los de Richard al mirar al Kai (porque eso ocurre en mi mente: deduzco el esfuerzo actoral que hace Wishaw para meterse en la piel de Richard y poder mirar a Kai-Leung con amor transparente). Pienso en alguien que me haya mirado con esa misma claridad: me siento excluido de ese juego y entro en duelo. Y lloro, lloro con cada escena en que me acuerdo que este duelo es añejo: lloro cuando recuerdo que el amor recíproco es un momento fugaz, irreconocible con el paso del tiempo. Lloro porque recuerdo a mi amor muerto y sepultado, que es probable que no reviva.
El director en el set de grabación.
Hong Khaou, es el director cambodiano de Lilting, este filme que se construye a partir de diálogos corazonudos y sutiles, y que fue reconocido en el festival Sundance del 2014.
Hacia el final del drama, Junn (Cheng Pei-pei), la madre de Kai, ha accedido a verse con Richard para sincerarse. Él le explica que llevaban cuatro años juntos, pero que Kai tenía miedo de confesar su relación porque probablemente lo amaría menos. Junn, con sus bellos ojos almendrados de madre, ve a un Richard sincero y dolido, y sólo puede ver, porque ella sólo habla chino-cantonés y Richard sólo inglés. Pero los dos pueden entenderse perfectamente: su corazón trata de trascender a la misma forma de agonía: perder a la persona que más amaban.

Oye, Carlos...

Me acuerdo, no me acuerdo. Aquél era el segundo año de la carrera. Aún estudiaba de tiempo completo y me pasaba las tardes frente a la computadora con el (entonces) multitudinario Messenger de Hotmail. Para estalquear a las personas, entraba a su Metroflog o a su Hi5 e incluso a su Myspace. El radio estaba inundado de Rihanna, Shakira, Sin bandera y Juanes (algo que no ha cambiado mucho). Se estrenaron Ratatouille, El asesinato de Jesse James, Gángster americano y la tercera entrega de Piratas del Caribe (y la quinta de Harry Potter). Ban ki-moon tomó el timón de la ONU, el vuelo 574 de Adam Air en Indonesia desapareció con 102 pasajeros, salió a la venta el maldecido Windows Vista, había sólo 200 000 artículos en español en Wikipedia, Soda Stereo iniciaba su gira "Me volverás a ver", y se eligieron las 7 maravillas del mundo moderno entre las que figuró Chichen-Itzá.
Yo, un lingüista entusiasta todavía, ensayaba con dos formas de interaccionar con las personas: en una, mediante diez conversaciones simultáneas a partir de las 8 de la noche y hasta deshoras en el MSN; y en la otra, durante el contacto cara a cara habitual que se daba en los pasillos del Colegio de Lingüística y Literatura Hispánica (Abreviado COLLHI). En ambos mundos quería traer recursos que usaba en el otro: extrañaba los emoticonos de Messenger cuando platicaba alrededor de una taza de café, igual que extrañaba el brillo de la intelección en los ojos de mis interlocutores durante las conversaciones frente a la computadora.
Dentro de ese mundo maravilloso que se abría todas las noches en una computadora con acceso a internet, empezaron a configurarse los complejos mundos de las personas que se encontraban a mi alrededor, particularmente del grupo de amigos que teníamos un blog (Sin libro no Leo acaba de cumplir 9 años). Así conocí un universo que antes no habría podido concebir: cada persona se abría de una manera particular a través de lo que escribía y cada aspecto de su personalidad resultaba precioso y significativo: descubrí que había otros tipos raros como yo, que se esforzaban por matizar cada frase, por plantear retruécanos, por encontrar el adjetivo exacto. Pero fundamentalmente se configuró un perfil, el de Mariana.
Mariana fue como la Ariadna que me dio la herramienta para salir del laberinto (o al menos, me dio la confianza de saber que podía encontrar una salida). Fue por ella que conocí algunas deliciosidades musicales como Jill Tracy y Tori Amos, y otras deliciosidades terrenales como los fortalecidos brazos del mesero-diseñador Rafa, lo que fue casi consecuencia natural de que los papás de Mariana fueran dueños de dos bares gay.
La primera vez que besé a un chico fue en uno de sus recintos, también la primera vez que hice karaoke con un grupo de personas que no eran de mi familia, incluso llevé a mi primer novio a besuquearnos sobre las almohaditas que ponían en el piso, junto a mesitas chaparritas (este post ilustra esa rutina). Pero la historia que se tejió con Mariana resultó muy significativa: su intelecto, su singularidad y su voz (con un buqué de Daria) la convirtieron en la criatura más peculiar que hubieran contemplado mis ojos. Me enamoré platónicamente. Y se lo confesé. Y durante algún tiempo, se produjo la magia de la reciprocidad, sólo que a ella tampoco le hacía ninguna ilusión meterse bajo las sábanas conmigo.
Nuestro idilio se entretejió al margen de nuestras vidas habituales, en lindísmas conversaciones de Messenger, en donde ella iba abriendo puertas a las que yo prácticamente me abalanzaba. Eventualmente también nos hicimos inseparables en la escuela (queríamos hacer todas las tareas juntos y no despegarnos el uno del otro nunca). Era la persona que más gusto me daba ver en toda la Tierra, porque sabía que en cada convivencia salía renacido, fuerte y feliz. Sin embargo, esta magia duró acaso año y medio: de pasar casi todo el día conectados, no pasó mucho tiempo para que nos convirtiéramos en dos desconocidos, consecuencia de que yo decidiera regresar a vivir a casa de mis padres y de que ella dejara la escuela por encontrarla anodina. Abandoné este blog y muchos sueños por comprometerme con otros. No me arrepiento, porque en su lugar vinieron cosas geniales, pero siempre quedó la duda de qué hubiera pasado si...
No sé qué sea de Mariana ahora, porque decidió irse a Canadá, pero estoy seguro de que configuró un mundo complejo, singular y agradable a su alrededor, porque era lo mejor que sabía hacer.

Uno de cada diez

A los 20 años algo quedaba en mí de ese energúmeno hormonal en el que nos convertimos muchos adolescentes. Después de ingresar a la facultad de Filosofía y letras (al renunciar a la Física por error), algo en mi interior provocó que mis inseguridades florecieran y mi autoestima se tambaleara.
En paralelo, el proceso de salir del clóset continuamente con mis compañeros de salón (y amigos) seguía representado un reto (lo es aún a veces). La taquicardia disminuía y me acostumbré a la sensación de que me lanzaba a un abismo ante sus posibles reacciones: de alguna manera cada persona con la que me sinceraba se convertía en algo como un aliado.
Sólo un par de años antes había sido capaz de confesarle a un chico que me gustaba, y él agradeció mis palabras, pero declinó de una manera elegante, y luego se convirtió en uno de mis mejores amigos. Por un lado me sentía heroico por haber dado un paso así de grande, pero por otro no podía quedarme con una negativa: ahí es donde se sembraba mi mayor ansiedad (que a la distancia me parece comprensible pero sumamente visceral).
Las estadísticas estaban en mi contra: uno de cada diez... ¿y si ese uno estudia en otro lado? ¿Y si todos están en arte dramático o en educación física? ¿Y si ese uno conoce al otro y se enamoran? Aunado al error (que fue cada vez más evidente) de haber cambiado de carrera, me sentía también en la ciudad, el cuerpo y en el mundo equivocado. ¿Quién? ¿Habrá alguien? ¿Lograré gustarle? Eran las principales preguntas que ocupaban mis desvelos.
Internet me ofreció una posibilidad preciosa: encontrarme con alguien con mi mismo interés (y urgencia, debo confesar). Y después de algunas citas terribles o lo que le sigue, finalmente hallé a un par de personas que abrieron un abanico de posibilidades ante mí y, de paso, ingresaron a mi vida para no salir de ella jamás.

Una cabellera pelirroja

Acabo de recordarlo. A los 17 años casi recién cumplidos, cuando llegué por primera vez a Puebla para entrar a la universidad, una cabellera pelirroja que se paseaba por la facultad de Físicomatemáticas me hechizó, pero en cuanto vi que sólo era la bella corona de una mujer totalmente espléndida, me pasmé. Primero descubrí su sonrisa (también enmarcada por labios rojos que modulaban una risa agradable, suave y bonachona... lo contrario de la mía); después noté sus ojos amables; y finalmente oí su voz inteligente, sensual y valerosa, que salía de una garganta siempre enfundada en un lindo rebozo verde. Entonces, me planteé esa posibilidad: tal vez pueda enamorarme de una chica... ¿eso sería bueno o malo?
Intenté acercarme a ella de una forma "romántica" y hasta tuve cierto éxito porque me convertí en un amigo cercano de inmediato. Sin embargo, mis compañeros varones estropearon un poco el encanto cuando señalaron (y ni siquiera de una manera grotesca) la voluptuosidad del cuerpo que contenía a ese portento. Era cierto: aquél ser humano extraordinario estaba acompañado de un cuerpo extraordinario también... pero era un cuerpo femenino. Esa idea me incomodaba, y esa incomodidad me entristecía. Podía haber jurado que estaba enamorado de esa chica, pero en cuanto su desnudez potencial se revelaba en mis imaginaciones, todo se venía abajo y ya no resultaba encantador. ¿Por qué esa pelirroja no era sólo un estado latente, como en Ranma Saotome, y podía convertirla en un chico cuando quisiera? ¿Por qué no podía convertirme yo, si la quería? ¿Por qué el chico que entrenaba en una cancha cercana tenía que recordarme en cada gota de sudor que descendía por sus pectorales la verdad que quería evadir?
Observaba al resto de las personas con cierto celo, sobre todo a las parejas felices que se formaban (y deshacían) con tanta presteza. En ese momento no sabía todo lo que vendría: me dan tantas ganas de poder mandarle un mensaje a ese Leonardo entusiasmado y decirle: todo estará bien, pero debes ser muy paciente, nos van a pasar un montón de cosas más, la cabellera pelirroja será después una cabellera morena, pero de cabello corto (y una de ellas le pertenecerá a una Mariana, de la que hablaremos después).

Nudibranquias y el Diseño inteligente

Cuando la gente se apoya en el Diseño inteligente para explicar la grandiosidad de la naturaleza, me parece equivalente a cuando de niños nos frustrábamos porque el carrito que empujábamos "no nos obedecía" o "hacía lo que quería": en ese momento no entendíamos que no había nada en el carrito que fuera su voluntad o la de nadie, pues este juguete actuaba con base en las reglas de la física (que tenían preponderancia sobre nuestros deseos o nuestra pericia infantil). De este modo, encuentro en el mismo nivel de raciocinio pensar que hay una inteligencia suprema diseñando todo lo existente y las reglas con las que se organiza*: no hay ninguna voluntad detrás de la grandiosidad natural: el comportamiento ordenado (y caótico) del universo se debe, simplemente, a un gran conjunto de reglas operando en el tanscurso de un tiempo larguísimo. Y opino que el deseo de la ciencia de ir descubriendo cada una de esas reglas es mucho menos perezoso que darle el crédito de todo a una conciencia superior.
Que el enunciado sea reiterado: el mundo es el resultado de una serie de azares: la maravillosa combinatoria genética (con su poder de replicación y los errores que implica) y la extraordinaria evolución geológica del planeta (que opera con reglas explicables también) es lo que ha traído como resultado a los girasoles, al estreptococo y a las nudibranquias, después de procesos de selección que tomaron millones de años (una cantidad de tiempo que resulta casi imposible de concebir), durante los cuales se extinguieron la mayoría de los seres vivos que existieron alguna vez: así es, todos ellos fueron "descartados" por este mismo proceso generacional y preponderante, por no adecuarse a las exigencias de un planeta complejo y al mismo tiempo hostil y amigable**. De modo que, efectivamente, después de todo ese tiempo de depuración, los seres vivos resultantes son excepcionales y admirables (sólo quedaron aquellos que eran aptos para funcionar en el intricadísimo engranaje de la naturaleza)***.
Sin embargo, la motivación de este artículo son precisamente las nudibranquias, estos moluscos increíbles que tienen las formas más coloridas y singulares que haya visto en cualquier organismo (y seguramente habrá muchas otras que los lectores han visto y que sería una delicia conocer). Échenles un ojo: yo creo que hasta Satoshi Tajiri (el creador de Pokemón) se quedaría corto para concebir criaturas tan alocadas como éstas. Insisto, no dejemos la responsabilidad a una inteligencia superior que planea las maravillas del mundo, eso es muy perezoso: esforcémonos en comprender las reglas que llevaron al conjunto de átomos que forma el universo, a través de millones de intentos fallidos, a ordenarse para crear un ser extraordinario.






PD. No se sienta nadie ofendido, sólo digo lo que me tomó muchos años entender y digerir.

*Algunos defensores del Diseño inteligente dicen que no es posible que el hombre piense que no hay algo más grande y poderoso que él mismo. Mi respuesta a eso siempre es la misma: nunca has visto a un rinoceronte, ¿verdad?
**Opino que si hubiera una inteligencia que pone criaturas en un mundo, creado por ella también, en el que morirán o padecerán, sería maquiavélica y no valdría rendirle culto.

***He aquí un video explicativo muy bonito que resume estas ideas de la no-voluntad y el poll genético que (por azar, insisto), resulta en organismos exitosos con el medio circundante.

Confesión

No sé si les pase a muchas personas, pero a mí me cuesta mucho caminar por la calle o permanecer en el transporte público aparentando normalidad. Si voy solo, de pronto empiezo a platicar conmigo mismo, me desdoblo y me planteo ideas que voy negociando como si otro yo de veras me contestara, haciendo gestos y ademanes y hasta enfadándome si no llego a las conclusiones que espero. Lo malo es que no es intencional y cuando me doy cuenta, ya tengo la mirada alarmada o sorprendida de alguien sobre mí.
Y es peor cuando voy con el Spotify. Yo no sé cómo hacen los demás para contenerse si están escuchando Toxic de Britney o Closer de Nine inch nails. En serio, ¿cómo evitan mover el cuerpo con esos beats? A mí me hierve la sangre si trato de permanecer impávido como momia. Entonces me resigno a que si alguien se me acerca es probable que me oiga decir "Don’t you know that you’re toxic" o "I wanna fuck you like an animal" con mi expresión más electrificante y sensual (supongo que resulta un poco más inquietante cuando voy enfundado en mi disfraz de Godínez).
Y sería menos penoso si el resto de la gente se dejara llevar por ese impulso más de vez en cuando y me hiciera compañía. En el fondo me imagino que esa será la seña precisa que me indicará que he encontrado al chico indicado: un copete negro se agitará al compás de Head over heels de Tears for fears recargado en la esquina de un vagón del metro. 

2015: adiós a los veintes

2015 habrá sido el último año completo en el que fui un veinteañero (algo dentro de mí se rompió un poquito al escribir esa línea). Aunque reconozcamos que el envejecimiento es un proceso natural, necesario e incluso depurativo, no deja de ser doloroso descubrirte arruguitas y ligeros achaques en donde había pura lozanía y vigor. Este proceso doloroso se acentúa en la comunidad homosexual a la que pertenezco, donde los valores de jovialidad y el culto al cuerpo pueden ser la diferencia entre la integración y la exclusión. En efecto, debo admitir que los homosexuales podemos ejercer cuotas de discriminación bastante altas, justo como aquellas contra las que "luchamos", a esto se le agrega el hecho de que generalmente no somos conscientes de que es un proceso que puede revertirse: la belleza es de oropel. Sin embargo, sé que no se trata de una conducta exclusiva de los gays: tanto homosexuales como heterosexuales solemos ser incluso indolentes cuando nos sentimos cortejados por alguien que no cubre nuestros estándares*. Sentimos que si alguien cree que puede alcanzar nuestro corazón es porque sabe que está a nuestro nivel -que le somos asequibles-, y si el tal nivel nos degrada, resulta como contemplarse en un espejo que nos deforma y afea.
Al final, por suerte, la compleja realidad se impone sobre los cánones y vemos pasear por los parques parejas formadas por cualquier par de elementos: encontramos tanto relaciones entre personas tan disímiles que parecen imposibles; o bien, entre aquellas que son tan parecidas que no se sabe qué cosa podrían aportarse el uno al otro (y nos hacen pensar en un tipo de narcisismo).
Así, he comprendido que, si bien la vista puede ser el primer detonante para un acercamiento entre personas, y que si bien no tenderemos nuestra cabellera a cualquiera que quiera trepar a nuestro balcón, es necesario construir un mundo auténtico alrededor de una pareja para que pueda crecer una relación verdadera y humana entre sus integrantes. De otro modo sólo se tiende entre ellos una ancla endeble, que terminará por vencerse hacia uno de los lados y se llevará un trozo de la otra persona (que con suerte, no será el corazón).


*Entiéndase que hablo de tipos, no de individuos. Tengo amigos maravillosos que pueden leer el interior de las personas y les significa mucho más.

Sentirse bien con uno mismo III - Hacer más

¡Finalmente llegó la parte III!
Ya sé, muchos ni se acordarán de que había partes I y II de este proyecto de cómo sentirse bien con uno mismo. ¿Y pues qué creen? Que la solución la encontré en YouTube. Después de muchos meses de planear y de andar indeciso, decidí que la mejor manera de sentirme bien conmigo mismo era emprender un proyecto original, algo que fuera realmente mío, pero, sobre todo, algo de lo que pudiera ver su repercusión inmediata (tal vez para poder congratularme, pero todo se vale para reconstruir el autoestima, ¿que no?).
Así que inicié, entusiasmado, por el camino largo. Compré un dominio en internet y decidí empezar a estudiar html para poder construir mi propio sitio web. Claro, después de un mes de clases sólo aprendí a hacer un rectángulo, ponerle colores por aquí y por allá y a incrustar algunas otras figuras geométricas pintorescas. Con eso no podía hacer un sitio completo. Lo peor: había perdido un mes en la indecisión y gastado cierto entusiasmo.
Por fortuna, en el ínter, anduve por aquí y por allá picando bibliografía para generar el contenido del que pensaba llenar el sitio web. Al final, aprendí mucho y esta parte sí fue productiva porque me ayudó a trazar un temario específico de asuntos a tratar y, sobre todo, a darle una orientación realista a mi proyecto.
El día de hoy puedo anunciar orgulloso que Sin libro no Leo ya es una realidad en YouTube y que me hace sentir muy dichoso que haya gente que encuentre el proyecto útil y que, incluso, haya un inversor que esté patrocinando campañas pagadas para su difusión. ¡Gracias, mil gracias! Como el tiempo me lo permita, iré publicando videos semanalmente (aunque pueden tener la seguridad de que publicaré algo cada miércoles, como mínimo). ¿De qué trata el canal? De algo a lo que me he dedicado muchos años: preparar estudiantes para presentar el examen de admisión de la universidad.

Diríjanse al canal, vean los videos y si les gustan, compártanlos.

Aquí pueden leer, si les apetece, la parte II de esta entrada.

(Aplausos).