Dulces y abuela

Ya caminaba encorvada la pobre, se le ahogaba un poco la voz y de vez en cuando perdía el hilo de sus ideas; pero lo que la juventud había dejado en mi abuela era esa sonora carcajada que podía echar a volar a las aves de los árboles.
Guardaba en su delantal dulces de leche, que te daba si te sabías el evangelio, y también si no te lo sabías: después de hacer un guiño de cómplice, te extendía su mano generosa, que temblaba poquitito, y tenías que irte corriendo antes de que llegara mamá.
Agazapado en cuaquier esquina, cada mordida te hacía recordar la suavidad de su piel de papel, en la que era posible trazar nuevas arrugas, prácticamente indelebles. Y como quedaba en los dulces algo de la tibieza maternal, a veces hasta pensabas que lo que te comías era la abuela misma.

3 anotaciones motivantes:

Alan dijo...

Ah... muchas gracias! Está cool, y yo que pensaba retirarme del mundo del blogg. Por ahora quedaré en suspenso.

Saludos! que estés muy bien...

La Síbila de las sílabas sibilantes dijo...

Ahhh qué bonito estoooo!

Algo así es con el recuerdo de las abuelas.

Cuando leí Cien años de soledad, Úrsula me recordó a mi abuela de Hidalgo...

Besos

Vanto y Vanchi dijo...

¡oh mi abue!