Recolectar a los niños fue una labor mucho más triste de lo previsto. Mientras observábamos las hordas que descansaban alrededor de una fogata, fuimos testigos de mimos y delicadezas que la antropología no había previsto. Una vez que les quitábamos a una criatura, en la mirada de cada madre cavernícola aparecía una nube melancólica que no se borraba hasta mucho tiempo después, incluso hasta la muerte (su esperanza de vida era realmente corta, de modo que a pesar del poco tiempo que permanecimos, presenciamos muchos decesos y rituales funerarios en los que se entonaban cantos que debían ser el ancestro del habla).
Mientras los infantes crecían y eran educados en la cápsula del tiempo, como eventualmente nombramos a nuestro hogar, llegó el momento de integrar adultos jóvenes, quienes serían adiestrados en la administración del refugio. Confiábamos en que el instinto los guiaría en la crianza de los niños, quienes mostrarían un refinamiento superior que, sin embargo, tomamos como natural por la diferencia generacional. Si lográbamos hacer creer a los adultos que los niños aprendían de ellos, eventualmente consolidaríamos relaciones afectivas dependientes como las que se manifiestan en cualquier familia.
Mientras para los niños lo natural era permanecer dentro de las instalaciones de la cápsula, que formaban un ambiente metálico y sólido, en el cual se notaban incluso felices; para los adultos, la renuncia al exterior y sus encantos les provocó depresión, la cual derivó en un par de postramientos y un intento de suicidio. Esperamos entonces que en los niños se diera el efecto inverso: cuando tuviéramos que tomarlos para llevarlos a conocer el exterior, algo así como cuando los llevábamos de excursión a las únicas tres reservas de la biosfera para que vieran un árbol del otro lado del cristal, su mundo se potenciaría y encontrarían una especie de realización temprana mediante este acercamiento.
En la mente infantil, maleable y dispuesta a la recepción, la revelación de su origen no tuvo los efectos dramáticos que algunas veces temimos. Haber consolidado una relación previa con los habitantes del refugio y con los miembros extraídos de su propio tiempo servía como un campo protector.
Era necesario prevenir el contacto directo con sus ancestros hasta que, ya maduros y numerosos, fueran capaces de ir atrayendo a los grupos a este entorno civilizado, de modo que pudieran formar la primera ciudad (anterior a Jericó), con unos avances dignos de los relatos de ficción que se leyeron desde el siglo XIX.
Desde luego, esto no ocurrió así.
Niño y sendero (parte II)
creacionesNiño y sendero (parte I)
creacionesCon la máquina del tiempo, volvimos al 30,000 a. C. Una parte de mí esperaba que todo fuera tan simple como en el cine: que diera lo mismo esconderse tras un árbol o bajo la mesa para no crear realidades alternas; pero en un espacio temporal tan grande, con un número interminable de sucesivas generaciones, incluso el hecho de respirar tenía consecuencias dramáticas. Eludimos ciertas complicaciones filosóficas y físicas en la misión: estábamos trayendo desde el futuro una cantidad de materia (y, por tanto, energía) adicional a la existente: la de nuestros cuerpos, la de la nave e incluso la del aire dentro de ella; de modo que la suma de la materia y la energía total del universo, por primera vez desde su creación hacía billones de años, estaba siendo alterada. Honestamente, el hecho de que esto no produjera una paradoja destructora del cosmos fue tranquilizador pero decepcionante al mismo tiempo. Siempre había querido presenciar un cataclismo, porque lo consideraba la única forma conveniente de morir.
Por otro lado, el hecho de que nuestra sola presencia modificara el mundo como lo recordábamos estaba previsto desde el inicio del viaje. Nos introdujimos a la nave sabiendo que jamás recuperaríamos nuestro presente como era, que debíamos volver a forjarlo (por la fecha en la que nos encontrábamos, debíamos incluso fundar la primera ciudad); de modo que nos habíamos despedido definitivamente de parejas, familiares, amigos, vecinos y conocidos, lo cual fue sumamente doloroso. Para el mundo que se quedó tras nosotros fue como si algún evento hubiera borrado nuestros cuerpos (y sabíamos que, tristemente, los que se quedaban albergarían, como mecanismo de defensa, la posibilidad de encontrarnos alguna vez). Para nosotros, fue como si ellos hubieran formado parte de una ficción o un sueño y sólo podríamos acceder a su recuerdo en ensoñaciones o fantasías.
Sin embargo, a pesar de la terrible renuncia a nuestro porvenir, ésta no constituyó el mayor reto, pues lo más complejo fue hacer entender a los patrocinios y gobiernos que jamás podríamos ofrecerles una prueba del éxito o fracaso de la misión, salvo las ecuaciones, planos, gráficas, tablas y una ingente cantidad de teoría escrita que la sustentaba. Por eso las negociaciones tomaron tanto tiempo y fue necesario retrasar la salida en varias ocasiones. Durante ese tiempo de espera, soñé muchas veces que un niño me guiaba por un sendero con árboles (que sólo conocía por fotogramas) por el que, eventualmente, llegábamos a un lago. Yo intentaba nadar en él, súbita e irracionalmente (en nuestro tiempo, las cantidades de agua eran ínfimas como para que alguna vez yo hubiera podido practicar el nado), hasta que mi muerte era inminente y yo despertaba sobresaltado y sudoroso al lado de mi esposa.
Una vez instalados, comenzamos con la primera fase del proyecto. Buscaríamos grupos de nómadas a los cuales sustraeríamos los niños menores de un año. Iríamos concentrándolos en una reserva que habríamos construido para el primer mes de estancia en el lugar. Convertiríamos a esos niños niños en seres humanos complejos y educados, conscientes de sí mismos y con una moral elevada. Pero, sobre todo, los haríamos entrar en contacto con avances que no habrían de llegar sino hasta el siglo XX, con el objetivo de darle una oportunidad mayor de desarrollo a una civilización que se extinguiría en el siglo XXVI a causa de la actividad solar. Porque, a pesar de nuestro avance, no éramos capaces de controlar a gran escala la radiación mortal emitida por nuestra estrella y sólo un reducido grupo de seres humanos estaba siendo guarecido, lo que, en un plazo de un par de siglos, reducía las esperanzas de supervivencia de los seres humanos a cero.
Campo en papel
creacionesEl campo de concentración adonde nos llevaron como presos políticos, había sido construido en un terreno sobre el que existió una industria minera, en medio del desierto de Atacama. Ocupábamos las casas en donde vivieron los mineros que extraían salitre durante mediados del siglo XX: sus hogares eran ahora una prisión que estaba cercada por una malla con púas; sin embargo, aquellas habitaciones, desde que las ocupaban ellos, eran tan semejantes a cárceles que realmente no podíamos creer que alguien hubiera sido feliz viviendo en aquel lugar, y supimos que las púas no hacían mucha diferencia. Debo admitir que, en realidad, dedicábamos poco tiempo a pensar en la miseria ajena o en la propia y que muchas de las reflexiones me vinieron después de la libertad: comíamos poco y trabajábamos más allá de nuestras fuerzas como para ser capaces de mantenernos despiertos al término de la jornada, y mientras realizábamos las monótonas labores, preferíamos renunciar a nuestro intelecto. El polvo del entorno se iba acumulando por capas en nuestra piel, de modo que se nos formaba una epidermis grisácea que nos hacía lucir semejantes a los osos. Con el paso del tiempo, el trato rudo y la renuncia a cualquier forma de cariño, poco a poco empecé a experimentar la sensación de habitar de veras el cuerpo de un oso: respirando ruidosamente, incapaz de cualquier delicadeza en los movimientos, limitado a la emisión de gruñidos para comunicarme. Para escapar de todo esto y, honestamente, como una forma de alimentar mi esperanza, me dediqué a memorizar las dimensiones de todas las habitaciones y cuartos para poder hablar de lo que había en el campo, si alguna vez salía libre de él. Empezaba en una esquina y, fingiendo dar un paseo desinteresado, daba pasos exactamente iguales de una pared a otra, los cuales recordaba y contabilizaba durante las noches, en pedazos de papel que había conservado secretamente. Como había redadas nocturnas, era necesario que los destruyera antes de que llegara una inspección, por lo que los rompía en suficientes trozos como para que lo que estaba registrado en ellos quedara ininteligible y, al día siguiente, antes de que alguien fuera a las letrinas, arrojaba los trozos a la inmundicia para que no pudieran hallarlos. Sin embargo, el ejercicio de reproducir en papel cada sección del terreno era suficiente para poder guardar un registro de lo que había visto suficientemente sólido como para que durara hasta que finalmente salimos libres.
La poesía construye al hombre...
creacionesLa poesía construye al hombre
mientras los escribas transcriben versos
buscando signos entre líneas,
en el entramado de la literatura,
las palabras construyen al hombre
¡y a la luz de una vela serpentean
los ojos anhelantes!
Sólo es terrible el silencio cuando vive
construido por la poesía.
Argumento de la pluma
creacionesRaneo podía sentir sobre la palma de su mano el levísimo peso de la pluma. Contemplaba con incredulidad la crispación de los infinitos pelos que la formaban, tan frágiles que podían pasar por ensoñaciones. Era perfecta para el experimento, porque su fragilidad la acercaba a lo incorpóreo: era un objeto en el linde entre lo existente y lo imaginario. Con su poder mental haría levitar esa pluma para depositarla en el suelo.
Quería intentarlo de ese modo, con algo que, justo en el momento en que él se concentrara, pudiera ser impulsado por el aire, pero no fuera posible saber la diferencia. Quería intentarlo con un objeto tan sutil que no resultara tan difícil creer que había sido movido con el puro pensamiento. El primer intento tenía que ser una experiencia positiva, constructiva, no frustrante. Y fue así.
La pluma en el suelo se convirtió en una evidencia incontrovertible de la acción de una fuerza anónima. Entonces Raneo pudo acariciar la delicia de la disyuntiva entre lo maravilloso y lo ordinario, que podía resolverse con el uso de la voluntad.
Ejercicio 101
cavilaciones e ideas, creacionesMe encantan los números: es posible interaccionar con ellos, pero jamás podrá hallárseles en el mundo material; pueden representarse a través de figuras definidas y sistemáticas, pero son capaces de comprender conjuntos interminables y aleatorios; su filosofía es el pacifismo y no le harán daño a nadie por iniciativa propia. Por si fuera poco, los números son útiles a las vidas de las personas: nos permiten tener un registro continuado, jerárquico y ordenado de las posturas del kamasutra, las citas con el dentista, las sinfonías de Beethoven y las chupadas necesarias para llegar al centro de una tutsipop.
Mi número favorito es el cinco, que es un número primo, no rectangular, propenso a la indeterminación (¿de qué lado dejamos el tres y de cuál el dos?) y el único cuya cantidad de letras es igual a su valor absoluto (C-I-N-C-O). Además, su forma es un símbolo del cinismo, de la desfachatez, de la rebeldía: la parte baja imita a la superior en su contenido (un trazo que tiene un aparte vertical y otra horizontal), pero se le opone en su expresión (que arriba es recta y abajo, voluptuosa). De este modo, constituye una muestra de la dualidad, separada y contradictoria, necesaria y complementaria de la naturaleza: como el ying y el yang, resume la constitución misma del universo.
El mundo
creacionesEl mundo comenzó a devolver las palabras que se habían pronunciado sobre su faz. En medio de la entropía, sonidos que formaban lenguaje empezaron a articularse y dijeron cosas.
Los primeros que recibieron los mensajes se volvieron incrédulos y prefirieron esconderse: buscaron empleos de oficina, dejaron de asistir a las fiestas de sus amigos o a sus conciertos favoritos y practicaron frente al espejo gestos de normalidad que les ayudarían a pasar desapercibidos.
Sin embargo, no mucho más tarde, cuando se sintió confiado después de varias conversaciones con individuos aislados, el mundo decidió hacerse oír con claridad y sin reparos, de modo que su voz pudo escucharse de uno a otro horizonte. Nadie pudo ignorar entonces al ente parlante. Se crearon rumores sobre la procedencia de esa voz, y hubo quienes se la adjudicaron a dios padre, dios hijo, buda, la BBC y papá noel.
Siempre se le escucharon palabras amables: carpe diem y disculpe usted se convirtieron en sus frases favoritas, de modo que nadie se sintió ofendido; además, la voz del mundo, como puede imaginarse el lector, siempre sonaba gruesa y bonachona.
Sus palabras tenían, desde luego, un dejo de antigüedad (en el que todavía sonaba el cincel que las había grabado en una antiquísima tabla de arcilla); pero poseía una gramática fresca y una conciencia relativamente reciente. Por eso comenzaron las decepciones. Hubo quienes se sintieron inconformes y protestaron argumentado que si hasta entonces el mundo había decidido comunicar su palabra, era una indecencia que no revelara con en ella un mensaje terrible, alguna verdad importante o un proverbio asombroso. Algunos juzgaron la inteligencia del mundo como mediocre; los psicólogos le otorgaron un IQ de 92.
Probablemente en un intento por reivindicarse, el mundo comenzó a recitar noticias antiguas, jamás escuchadas por los oídos occidentales. Algunas de ellas, sin embargo, contradijeron las versiones oficiales de la Historia en tantos grados y sobre tan diversos acontecimientos, que de inmediato adquirieron carácter de mito, y el mundo fue calificado como un viejo que chocheaba.
El mundo, sin embargo, no cesó de hablar. Cada vez sus discursos fueron más largos y estuvieron más llenos de apologías. Y, con la práctica, también adquirieron profundidades filosóficas. Algunos alcanzaron matices de arenga, verdaderas desideratas a favor de la libertad y la justicia, cuyos fragmentos pueden leerse en algunos poemas de Neruda. Probablemente fue ése el tiempo en que su voz adquirió mayor credibilidad.
Pronto surgieron los detractores, y a su lado, los fanáticos. La consigna más repetida extrañaba al viejo mundo mudo. Por su parte, los miles de recopiladores incansables de su palabra salieron a la calle con panderos y guitarras a recitar las frases bien conocidas, que actualmente forman parte de las canciones tradicionales.
Un día, en un arrebato de angustia, el mundo decidió no dejar de hablar. Semanas continuas de verborrea terminaron cansando a los escuchas, incluso a los que con más fidelidad atesoraban su palabra. No mucho más tarde, su voz, que poco a poco adquirió un tono opaco y plano, se convirtió en una forma alternativa del silencio, a la que nos hemos acostumbrado tanto que resulta imposible diferenciarla. O será que al fin se ha cansado de hablar.
Argumento del hombre alto
cavilaciones e ideas, creacionesEn la noche, a punto de entrar al territorio de los sueños, a Raneo se le apareció el hombre alto. Lo señalaba desde sus dos metros y medio de estatura, desde su constitución robusta, como de robot. Raneo sentía que en cualquier momento aquel hombre iba a inclinarse para tomarlo y transportarlo a un sitio terrible.
Por el miedo, o simplemente por ser un niño débil de siete años, Raneo se sintió infinitamente fatigado y, entre temblores e intentos de no perder la conciencia, se quedó dormido.
Al día siguiente, mientras repasaba el hecho durante sus juegos infantiles, se preguntó cuál había sido exactamente la causa de su temor. Nunca había visto a ese hombre, cierto. ¿Pero era necesariamente malo por desconocido? Tampoco había visto a sus padres antes de nacer. ¿También les había temido? ¿Por eso lloran los bebés?
Jugó un poco más. Iba amontonando piedritas, palos y maderas, para armar un castillo: en eso consistía su pasatiempo favorito. Así también se iban apilando las ideas en su mente. ¿Qué hubiera pasado, pensó, si hubiera llamado a su madre? La figura seguramente se habría desvanecido. ¿Entonces la figura se aparecía para que Raneo llamara a su madre? ¿Se inventaba un miedo para pedir auxilio de alguien superior? Recordó que lo que le preocupaba era el sitio adonde el hombre alto quisiera llevarlo. Era la incertidumbre de no saber lo que estaba del otro lado la causante de su miedo. Pero, después de todo, era un juicio a priori, determinó la mente infantil, en infantiles términos. ¿Era simplemente que resultaba cómodo sentirse débil para necesitar protección? El sitio indómito seguiría ahí, con o sin auxilio. ¿Era un dulce paliativo pensar en un poder capaz de rescatarnos?
Esa misma noche, Raneo jugó a mentirse. Convenció a una imaginaria madre para que durmiera con él. Dejó, para darle credibilidad al ritual, el espacio donde ella cupiera. Trató de no moverse mucho antes de quedar dormido para no incomodarla. Cuando sintió que el sueño lo vencía, dio las buenas noches. Su última sensación antes de perder la vigilia, fue la tranquilidad de haber ahuyentado al hombre alto y de que esa evidencia le hubiera permitido resolver sus preguntas.
Argumento de Altamira
creacionesRaneo escuchó al maestro explicar lo primitivo de creer que un dibujo podía controlar el destino de los hombres. Miró atentamente las figuras de Altamira, se asombró de su antigüedad. Si su vocabulario infantil hubiera estado provisto de las palabras adecuadas, habría hablado de su emotividad, de su dinamismo, de su singularidad.
Se imaginó el asombro de los que contemplaban al artista, la confianza depositada en la sensibilidad de su trazo. La obra terminada equivalía a una realidad alternativa pero cierta; cada claro, cada línea y cada mancha le daban rostro al destino. Ese abandono de la propia responsabilidad, ese futuro que se prefiguraba y danzaba con el movimiento del fuego en las antorchas, provocaba al mismo tiempo una sensación inquietante y sedativa. Pensó también en una especie de adoración; hubiera quedado satisfecho con el término "oráculo". Los hombres, imaginó, se habrían reunido alrededor de la figura, alguno se habría acercado para tocarla, habrían acordado un mantra o incluso una oración.
Se quedó pensando en la imagen de uno de esos hombres que, con cara de preocupación, se aproximaba a la pintura para invocar su poder. En la tarde, después de la escuela, vio ese gesto repetido en un señor que se recargaba en una vitrina que guarecía una figura colorida y varios ramos de flores.
Argumento del laurel
cavilaciones e ideas, creacionesEl pequeño Raneo se detenía a contar las hojas del laurel que caían en el jardín. Tantas y el árbol tan frondoso. No parecía que de veras hubieran pertenecido a alguna de sus ramas. Sin embargo, la causa más probable de que estuvieran así, en el suelo, tenía que ver con que hubieran perdido su resistencia, que el aire las hubiera arrancado o que hubieran sido vencidas por la travesura de un ave o una ardilla. En pocas palabras, a pesar de la incertidumbre, todo apuntaba a que no podían provenir de otro sitio, sino del árbol.
Una tarde, se dio a la tarea de revisar las ramas más bajas y buscar dónde faltaba una hoja, pero sin suerte (de todos modos no estaba muy seguro de lo que debía encontrar). Pensó que si alguien hubiera venido en la madrugada a aventar un montón de hojas y el árbol no hubiera dejado caer ninguna, él no habría podido notar la diferencia. De todos modos, yo he visto caer sólo una o dos, se dijo,… ¿alguien trae las otras?, ¿y si las hojas hubieran brotado del suelo?, ¿y si todos los días miraba las hojas imperecederas que nadie recogía?, ¿y si no había tales hojas pero él se las inventaba?, ¿el árbol trataba de engañarlos?… todas estas ideas extrañas le vinieron a la mente al mismo tiempo. Se quedó mudito un rato y contemplando la inmensidad del jardín. Poco después, hechizado por el constante ir y venir de sus manos jabonosas que se tallaban en el lavadero, decidió exponer sus teorías a su madre. Ella primero le respondió que lo que decía no tenía sentido y luego pidió agua de la pileta. Pero fue el rostro acongojado del niño el que la animó a hablar.
Si pudieras acceder a una de sus ramas altas, explicó, y permanecer ahí un buen rato, seguro verías desprenderse cada una de las hojas que están en el jardín, podrías subir incluso uno de los cuadernos que tienes y poner un palito cada vez que vieras que se despega una y termina en el suelo. Al final, las cuentas no te engañarían, verías tantas como palitos anotaste.
¿Y no podemos subir y ver, mamá?, preguntó Raneo.
No, es muy difícil, respondió la madre. Hay muchas cosas que hacer, mejores que vigilar el árbol todo el día. Además, ¿en la noche cómo le harías?
Raneo acarició la triunfal idea de que su madre tampoco estaba segura de lo que decía, pues seguramente nunca había permanecido cerca del árbol para mirar; sin embargo, también comprendió que su empresa terminaba allí y que no podría llegar a la verdad. En su mente infantil, supo que ésa era la manera en que se forjaban y permanecían la mayoría de los estatutos del universo, pues aceptar siempre era más sencillo que subir y ver.
De cómo se tejió esta historia (pt. 1)
creacionesNací un 3 de julio de hace 47 años. Según algunos tests que revelan la edad mental, soy un poco más viejo. No alcanzaré la esperanza de vida de mi país de acuerdo con otros que me preguntan mis hábitos de salud. Un par de semanas después de someterme a un insufrible régimen de fibras y pocas calorías que he tomado de un servicio de mensajes celulares, me consuelo pensando que los pocos años que resten valdrán la pena, aun sin un colon saludable o un abdomen plano. Siento que vagaría impunemente si Facebook no me sugiriera una filosofía apropiada para afrontar mi día con tranquilidad.
Al principio, viéndome con estas casi cinco décadas a cuestas, me sentía un poco avergonzado entre los jóvenes, imaginándome como el único cuarentón que tendría estos vicios febriles. Y de pronto imaginaba la risita burlona que se escondía detrás de las conversaciones amables que sostenía de vez en vez, y entonces terminaba la plática con frases desdeñosas o con pretextos inverosímiles, para luego regresar pidiendo perdones. Después encontré a otros como yo. También experimentaron ellos esa sensación de calidez, de no encontrarse en territorio extranjero o, visto de forma contraria, de sumergirse en territorio hostil acompañado de su cuadrilla. Ése soy yo desde hace medio lustro. Así me he sumergido, lentamente. Hasta que los azares irreconciliables decidieron construir un ramillete que finalmente me llevó a conocer a esa mujer, a amarla y luego a perderla sin remedio.
Desde luego me pareció una locura. Como ella casi nunca ocultaba su escaso saber en todos los menesteres del internet, empecé a desconfiar, pensando que sólo hacía el papel de Circe. Mi paranoia me llevó construir toda una conspiración en mi contra, y llegué a tener celo de mi aliento. ¡Y cómo no! Si obtuve su número telefónico en sólo dos conversaciones de cuatro horas en el mensajero. Cuando ella ni siquiera conocía ni mi apellido y yo ya sabía hasta la marca de sus zapatos.
Después de tres semanas al acecho, logré conciliar el sueño y sintiendo la culpa de haber pasado algunas horas con ella, frente a la pantalla luminosa, y otras tantas con el oído pegado a la bocina del teléfono, pude asimilar su candidez con una manifestación de su pureza. En el trabajo me reclamaron mis ojeras, mis retardos, mis olvidos. Después de haber sido el empleado del año cuatro años consecutivos, ahora mi expediente estaba lleno de oficios de desconocimiento. Comencé a sentir que una sensación, de la que no me creí susceptible, se instalaba en mí de pronto, como un brazo nuevo. Y debo confesarlo: mi antigua esposa, en paz descanse, ni siquiera durante la etapa de conquista, en la que teníamos que vernos a escondidas de sus hermanos, tuvo un atractivo que me pareciera tan incitante como el de esta mujer de la que sólo conocía su sintaxis y su voz.
Yo perdía los objetos con más insistencia, permanecía algunos ratos contemplando el infinito, dejaba que el teléfono sonara hasta que un compañero de la otra cabina venía a descolgarlo. Sin embargo, me sentía mucho mejor. Esta especie de cansancio, que me alejaba de la realidad material, les ponía a las cosas un extraño acento poético e inasequible, todo estaba puesto como en perspectiva y me sentí capaz de escribir algún tratado metafísico acerca del reflejo de la luz de la fotocopiadora en la frente de la chica de la papelería.
Besos suaves y húmedos
creacionesDejó escondido todo rastro de su intención antes de regresar a la recámara: mientras se afeitaba, deshizo el zurco en su entrecejo y acomodó una sonrisa en sus labios; con las gárgaras se tragó el nudo en la garganta y dejó que se enjuagaran las palabras con las que volvería a seducirla y llevarla a la cama; se aplicó gotas en los ojos para limpiar el brillo de la intelección, que cambió por una brillantez cándida; mientras sus manos se lavaron, sofocó el calor con el que masajearía sus pechos, la avidez con la que tomaría la navaja que delizaría suavemente en el cuello que antes habría cubierto de besos suaves y húmedos.
El sueño
creacionesLa entrada a la caverna le hizo sospechar seriamente: si se trataba de alguna revelación inconsciente, era demasiado explícita y por tanto refutable, de modo que, muy probablemente, éste era otro sueño cualquiera donde había entradas a cavernas. Por otro lado, si no era una revelación del inconsciente, entonces debía preocuparse hondamente, pues un sueño sin exploraciones psicoanalíticas que involucraba una entrada a una caverna podía revelarle cualquier cosa, inclusive que dentro de aquel espacio oscuro se encontraba la realidad auténtica, que anularía la que había abandonado antes de cerrar los ojos.
Tortugas
cavilaciones e ideas, creacionesVéanlas correr: antes de llegar a la orilla palparán la tierra, levantarán su cabeza ansiosa para inhalar el perfume del océano, las abrazará la tibieza del entorno. Su latido se sincroniza con el palpitar del mar: un golpeteo de las olas detonará su carrera, y el silencio las pondrá en alerta, una y otra vez, en una contracción y dilatación definitivamente cardíaca.
Véanlas correr: es imposible imaginar que cruzan el umbral de la cúpula celeste, que en ese sitio parece infinita. La premisa es sencilla: regresarán al mismo sitio para dejar la semilla de su estirpe: si ellas lograron llegar al mar desde aquella incubadora, lo harán también las futuras generaciones.
Véanlas correr: tal vez por última vez.
Una delgada línea
creacionesÉl era alto como un roble, y no podía esconder su deseo. Ella era pequeña, y en la amplitud de sus caderas podía inscribirse un niño bueno y sano. Costeños, acostumbrados al oceáno, de todos modos no dejaron de maravillarse de las humedades y las sales, de la tibieza y la infinitud. Jóvenes, de todos modos se sintieron presos de una emoción primitiva y antiquísima. Buenos, de todos modos entendieron que habían abierto la puerta y perdido a propósito la llave.
Oración del pusilánime
creacionesTú, altísimo, quédate allá en los cielos, no te me vayas a manifestar, pero no olvides contemplar a este desamparado.
Dame la gracia de pasar inadvertido, como los felinos o las horas felices, o como esas ansiedades que callaban los amantes románticos.
No me des a escoger entre dos arduas decisiones y, si se da el caso, procúrame una mano orientadora (una suegra quedará perfecta), o una tercera opción, ecuánime e inocua.
Danos un lugar preferente a las filosofías centrales, dales sobrinos a los marxistas y cuñados a los burgueses.
No te preocupes por librarme de la tentación, pero sí de todo mal.
Amén (si quieres, si no, está bien).
Una lejana compañía
creacionesAhora que estás muerto pienso en ti más a menudo y, en una complicidad singular, a veces te pregunto si te hubiera gustado, si no, o si la luna. Me gusta imaginar que supervisas mis actos, y los ejecuto con más cautela para no aburrite.
También pienso en los momentos en que no me vigilas y yo aprovecho para permitirme torpezas y caprichos. Más tarde, si embargo, me remuerde pensar que tal vez dispongas del arreglo del Aleph, y entonces tengas que actuar como el niño pudoroso que no quiere evitar ver cómo se cambia su prima el vestido, pero está ahí, tan irremediablemente escondido en el armario.
Por eso, el otro día, cuando me susurraste al oído que me acerara, que le pidiera su número, que lo invitara a salir, sentí cómo se deshacía el pacto, cómo cruzabas el umbral, y decidí que debía convertirte en una memoria nuevamente: inocua, inerte, inmóvil. ¿Pude engañarte?
Dulces y abuela
creacionesYa caminaba encorvada la pobre, se le ahogaba un poco la voz y de vez en cuando perdía el hilo de sus ideas; pero lo que la juventud había dejado en mi abuela era esa sonora carcajada que podía echar a volar a las aves de los árboles.
Guardaba en su delantal dulces de leche, que te daba si te sabías el evangelio, y también si no te lo sabías: después de hacer un guiño de cómplice, te extendía su mano generosa, que temblaba poquitito, y tenías que irte corriendo antes de que llegara mamá.
Agazapado en cuaquier esquina, cada mordida te hacía recordar la suavidad de su piel de papel, en la que era posible trazar nuevas arrugas, prácticamente indelebles. Y como quedaba en los dulces algo de la tibieza maternal, a veces hasta pensabas que lo que te comías era la abuela misma.
En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios
cavilaciones e ideas, creaciones, libros y autoresAlimentado por las imaginerías de los cuentos de mi abuela, la tierra se me figuraba demasiado amplia y demasiado grande, y el único problema era que yo habitaba en el único rincón en donde nada interesante ocurría. Eso, sin embargo, no me frustraba por completo: albergué siempre la esperanza de que al crecer se derribarían las murallas y yo alcanzaría la gloria de enfrentarme a la magia y sus placeres. En efecto, la muralla se derribó, pero del otro lado alguien encorsetó las anchas caderas del mundo con el que había bailado en mis sueños. En efecto magia, en efecto placeres, no se les encuentra detrás de cada árbol, o en las conversaciones de extraños ¡es tan difícil procurárselos!
Tracé tantos mapas, me inventé tantos códigos, dibujé la anatomía de los tantos animales fantásticos: registré el mundo como creí necesario para que no fuera tan grande la sorpresa al encontrarme con el verdadero. Nunca fue tan inocente la precaución.
Al término sé que viví la Fantasía auténtica, porque cuando una ensoñación se toca, se rompe.
Calisto, no necesitábamos a Celestina.
Cuasares como mandala
cavilaciones e ideas, creacionesRaneo miró otra vez al cielo. Había intuido la presencia de los cuasares, candelas tan viejas y tan nuevas: el estallido que inició el tiempo. Luego, en las ilustraciones de los libros, se le antojó encantadora la imagen de esos puntos excesivamente luminosos ampliando las faldas del universo, hacia el otro confín: juegos artificiales. También ellos tienen el arreglo del mandala. Terminará cuando se reencuentren, después del ciclo; y detrás de ellos el todo, hasta renovarse en ese punto misterioso. Tres, dos, uno. Nada.
