El mundo

El mundo comenzó a devolver las palabras que se habían pronunciado sobre su faz. En medio de la entropía, sonidos que formaban lenguaje empezaron a articularse y dijeron cosas.
Los primeros que recibieron los mensajes se volvieron incrédulos y prefirieron esconderse: buscaron empleos de oficina, dejaron de asistir a las fiestas de sus amigos o a sus conciertos favoritos y practicaron frente al espejo gestos de normalidad que les ayudarían a pasar desapercibidos.
Sin embargo, no mucho más tarde, cuando se sintió confiado después de varias conversaciones con individuos aislados, el mundo decidió hacerse oír con claridad y sin reparos, de modo que su voz pudo escucharse de uno a otro horizonte. Nadie pudo ignorar entonces al ente parlante. Se crearon rumores sobre la procedencia de esa voz, y hubo quienes se la adjudicaron a dios padre, dios hijo, buda, la BBC y papá noel.
Siempre se le escucharon palabras amables: carpe diem y disculpe usted se convirtieron en sus frases favoritas, de modo que nadie se sintió ofendido; además, la voz del mundo, como puede imaginarse el lector, siempre sonaba gruesa y bonachona.
Sus palabras tenían, desde luego, un dejo de antigüedad (en el que todavía sonaba el cincel que las había grabado en una antiquísima tabla de arcilla); pero poseía una gramática fresca y una conciencia relativamente reciente. Por eso comenzaron las decepciones. Hubo quienes se sintieron inconformes y protestaron argumentado que si hasta entonces el mundo había decidido comunicar su palabra, era una indecencia que no revelara con en ella un mensaje terrible, alguna verdad importante o un proverbio asombroso. Algunos juzgaron la inteligencia del mundo como mediocre; los psicólogos le otorgaron un IQ de 92.
Probablemente en un intento por reivindicarse, el mundo comenzó a recitar noticias antiguas, jamás escuchadas por los oídos occidentales. Algunas de ellas, sin embargo, contradijeron las versiones oficiales de la Historia en tantos grados y sobre tan diversos acontecimientos, que de inmediato adquirieron carácter de mito, y el mundo fue calificado como un viejo que chocheaba.
El mundo, sin embargo, no cesó de hablar. Cada vez sus discursos fueron más largos y estuvieron más llenos de apologías. Y, con la práctica, también adquirieron profundidades filosóficas. Algunos alcanzaron matices de arenga, verdaderas desideratas a favor de la libertad y la justicia, cuyos fragmentos pueden leerse en algunos poemas de Neruda. Probablemente fue ése el tiempo en que su voz adquirió mayor credibilidad.
Pronto surgieron los detractores, y a su lado, los fanáticos. La consigna más repetida extrañaba al viejo mundo mudo. Por su parte, los miles de recopiladores incansables de su palabra salieron a la calle con panderos y guitarras a recitar las frases bien conocidas, que actualmente forman parte de las canciones tradicionales.
Un día, en un arrebato de angustia, el mundo decidió no dejar de hablar. Semanas continuas de verborrea terminaron cansando a los escuchas, incluso a los que con más fidelidad atesoraban su palabra. No mucho más tarde, su voz, que poco a poco adquirió un tono opaco y plano, se convirtió en una forma alternativa del silencio, a la que nos hemos acostumbrado tanto que resulta imposible diferenciarla. O será que al fin se ha cansado de hablar.

2 anotaciones motivantes:

Federico Chilián IV dijo...

:) Mi voz se parece a la del mundo. Quizás era yo y no dios padre, ni dios hijo, ni buda, ni la BBC, sino yo, tu amigo Beno.

Sandy S dijo...

A mí me gustaría que el mundo me hablara al oido <3