2015: adiós a los veintes

2015 habrá sido el último año completo en el que fui un veinteañero (algo dentro de mí se rompió un poquito al escribir esa línea). Aunque reconozcamos que el envejecimiento es un proceso natural, necesario e incluso depurativo, no deja de ser doloroso descubrirte arruguitas y ligeros achaques en donde había pura lozanía y vigor. Este proceso doloroso se acentúa en la comunidad homosexual a la que pertenezco, donde los valores de jovialidad y el culto al cuerpo pueden ser la diferencia entre la integración y la exclusión. En efecto, debo admitir que los homosexuales podemos ejercer cuotas de discriminación bastante altas, justo como aquellas contra las que "luchamos", a esto se le agrega el hecho de que generalmente no somos conscientes de que es un proceso que puede revertirse: la belleza es de oropel. Sin embargo, sé que no se trata de una conducta exclusiva de los gays: tanto homosexuales como heterosexuales solemos ser incluso indolentes cuando nos sentimos cortejados por alguien que no cubre nuestros estándares*. Sentimos que si alguien cree que puede alcanzar nuestro corazón es porque sabe que está a nuestro nivel -que le somos asequibles-, y si el tal nivel nos degrada, resulta como contemplarse en un espejo que nos deforma y afea.
Al final, por suerte, la compleja realidad se impone sobre los cánones y vemos pasear por los parques parejas formadas por cualquier par de elementos: encontramos tanto relaciones entre personas tan disímiles que parecen imposibles; o bien, entre aquellas que son tan parecidas que no se sabe qué cosa podrían aportarse el uno al otro (y nos hacen pensar en un tipo de narcisismo).
Así, he comprendido que, si bien la vista puede ser el primer detonante para un acercamiento entre personas, y que si bien no tenderemos nuestra cabellera a cualquiera que quiera trepar a nuestro balcón, es necesario construir un mundo auténtico alrededor de una pareja para que pueda crecer una relación verdadera y humana entre sus integrantes. De otro modo sólo se tiende entre ellos una ancla endeble, que terminará por vencerse hacia uno de los lados y se llevará un trozo de la otra persona (que con suerte, no será el corazón).


*Entiéndase que hablo de tipos, no de individuos. Tengo amigos maravillosos que pueden leer el interior de las personas y les significa mucho más.

Sentirse bien con uno mismo III - Hacer más

¡Finalmente llegó la parte III!
Ya sé, muchos ni se acordarán de que había partes I y II de este proyecto de cómo sentirse bien con uno mismo. ¿Y pues qué creen? Que la solución la encontré en YouTube. Después de muchos meses de planear y de andar indeciso, decidí que la mejor manera de sentirme bien conmigo mismo era emprender un proyecto original, algo que fuera realmente mío, pero, sobre todo, algo de lo que pudiera ver su repercusión inmediata (tal vez para poder congratularme, pero todo se vale para reconstruir el autoestima, ¿que no?).
Así que inicié, entusiasmado, por el camino largo. Compré un dominio en internet y decidí empezar a estudiar html para poder construir mi propio sitio web. Claro, después de un mes de clases sólo aprendí a hacer un rectángulo, ponerle colores por aquí y por allá y a incrustar algunas otras figuras geométricas pintorescas. Con eso no podía hacer un sitio completo. Lo peor: había perdido un mes en la indecisión y gastado cierto entusiasmo.
Por fortuna, en el ínter, anduve por aquí y por allá picando bibliografía para generar el contenido del que pensaba llenar el sitio web. Al final, aprendí mucho y esta parte sí fue productiva porque me ayudó a trazar un temario específico de asuntos a tratar y, sobre todo, a darle una orientación realista a mi proyecto.
El día de hoy puedo anunciar orgulloso que Sin libro no Leo ya es una realidad en YouTube y que me hace sentir muy dichoso que haya gente que encuentre el proyecto útil y que, incluso, haya un inversor que esté patrocinando campañas pagadas para su difusión. ¡Gracias, mil gracias! Como el tiempo me lo permita, iré publicando videos semanalmente (aunque pueden tener la seguridad de que publicaré algo cada miércoles, como mínimo). ¿De qué trata el canal? De algo a lo que me he dedicado muchos años: preparar estudiantes para presentar el examen de admisión de la universidad.

Diríjanse al canal, vean los videos y si les gustan, compártanlos.

Aquí pueden leer, si les apetece, la parte II de esta entrada.

(Aplausos).

Hoy no soy

No sé, uno nace donde se puede, con ese "se" utilizado con toda intención de impersonalidad. Cuando una madre va a dar a luz, por más escaneos sofisticados que haya hecho de los genes y el fenotipo de su criatura, la verdad es que siempre da a luz a un quién sabe quién, no da a luz a un "alguien" con intención, da a luz a un cuerpo y tal vez a un ideal, pero seguramente no a una persona; y del otro lado, lo mismo, ese que nace no tiene ninguna voluntad de encontrarse con el mundo, simplemente tiene que conformarse con esa confrontación porque no le queda de otra (lo que no descarta que pueda quedar enormemente satisfecho, desde luego, como los conejitos de Cortázar). Entonces uno es, de pronto, quién sabe en qué momento previo o posterior al parto (aunque Vigotsky nos propone algo más concreto).
Yo decidí hacerme el enterado de mi ser del día de hoy, cuando un cúmulo de experiencias sincrónicas me han recordado que la esencia del "ser" está en el tiempo. Que no se puede ser sin transcurrir, sin proceso, que no se pude ser sin dejar de ser, que, al fin, uno nunca es porque nunca se puede ser una cosa acabada, porque en el transcurso de esta oración nuevas células habitaron mi cuerpo y otras murieron (y algunos mosquitos pusieron algo de su ponzoña en mí), porque la única constante es el cambio, porque el río no existe. Hoy no soy. Nunca seré.

28 el 27

Aquí está, amables lectores, la lista de los regalos que me harían infinitamente feliz el 27 de mayo (yo que ustedes corría, porque sólo faltan 23 días). No son caprichos, son cosas indispensables y absolutamente necesarias para mi supervivencia*.

Sentirse bien con uno mismo II - El camino

Después de un inicio poco afortunado, continúo con esta serie de entradas sobre sentirse bien con uno mismo. Descubrí que al final sí podía estar peor (la ley de Murphy hizo de las suyas, gracias), porque me faltaba un paso previo, es decir, saber la definición de lo que es uno o, al menos, una parte sustancial: hacia dónde va y con qué objetivo. Si hubiera sabido, mejor ni empezaba ninguna serie. Pero el daño está hecho. Así que, manos a la obra.
Creo que la primera vez que tuve que poner en palabras mi meta de vida fue también la primera que tuve un formato de solicitud de empleo frente a mis ojos.

Esta imagen la tomé de Google y la persona que había
llenado el formato no escribió nada aquí, sabiamente.

Es una pregunta a quemarropa para la que no te preparan. Obviamente, esta primera vez pensé en el reclutador más que en mis sueños sinceros al momento de escribir, con mi mejor letra de molde, "Construir un hogar". Luego entregué la hoja y me desentendí del problema. Pero la semilla había quedado sembrada.
Años después, me preguntaba: ¿en qué estaba pensando con "hogar" a los 17 años? ¿Por qué entonces me parecía una meta razonable? Y es que siempre he dicho que es una insensatez dejarle escoger a un chico de 17 años el destino de un hombre de 27. Deberían de sancionar a los aplicadores de exámenes de aptitudes o a los consejeros vocacionales por creer en que un manojo de hormonas e inseguridades puede trazar el destino de toda una vida
Sin embargo, al final no puede andar uno por ahí culpando a otros de lo que le pasa (bueno, sí puede, pero es cero cool). Y entonces uno debe tomar riendas en el asunto. Nuevamente, comencé mis búsqueda de información. 

La tendencia actualizante
Una teoría me parece buena en la medida en que es útil o resuelve problemas. En Carl Rogers encontré un concepto que me parece muy adecuado para usarlo como punto de partida: la tendencia actualizante, que él define como un impulso natural hacia el perfeccionamiento que conduce al desarrollo de habilidades de conservación y el mejoramiento del ser (ya sé que suena a fantasía, pero aguanten las carnes). Me parece útil en tanto que explica la motivación de los seres humanos para adquirir habilidades y aprender (trazarse un buen camino, en pocas palabras) y le quita la responsabilidad absoluta que parece tener la razón pura para elegir nuestro destino: hay algo dentro de nosotros que nos mueve sin que nos enteremos y, lo mejor, nos mueve hacia lo positivo (sí, ya sé, yo tampoco sé qué sea "lo positivo", pero se oye padre, ¿no?). Pero ¡cuidado! No sugiere esto tampoco un tipo de abandono o el clásico y terrible "todo está en uno mismo". Rogers también propone que esta tendencia puede ser, como la misma genética, favorecida o amainada por el medio. Lo que quiero explicar con todo esto es que uno no puede andar por ahí repartiendo culpas, pero tampoco puede cargar con el peso de su circunstancia sobre los hombros como si fuera el único culpable. Uno puede querer construir un hogar, pero estar en un entorno que no le haya permitido, como en mi caso, ni definir los pasos específicos que requería esa meta para realizarse (y lo peor, ni querer eso en el fondo de su corazón, pero aún así afirmarlo). 
Y éste es el punto principal al que quería llegar: lo que pasa es que no nos han enseñado a plantearnos las preguntas adecuadas para desmenuzar nuestros problemas o construir nuestros ideales. Creemos todavía que es válido llegar con alguien y preguntarle qué meta de vida tiene, como si ésta no fuera una construcción compleja y diacrónica. Así mismo con el camino: hay que partirlo en tramos. Y puede ser que sean tramos cortos y seguros, puede ser que sean largos y ambiciosos; en cualquiera de los dos casos, creo que nunca se cumplirán tal como los hemos planeado, porque sincronizar los tiempos de nuestra imaginación con los de nuestra vida sólo ocurre en las películas: nos moriremos o se abrirán nuevas puertas antes o después de haber caminado el último paso, se los aseguro.

[Minutos después]
He escrito en mi libretita leonardesca (que puede apreciarse en la imagen) seis preguntas más sencillas, descompuestas en temporalidad y ambición, que no pretenden ser doctrina, pero que me hizo bien escribirlas:
• ¿Qué me gustaría aprender este año y para qué?
• ¿Me gustaría cambiar el entorno en el que vivo? ¿De qué modo?
• ¿Cómo puedo mejorar mi trabajo?
• ¿Hay algún aspecto de mi personalidad que me incomode y que pueda corregir?
• ¿Qué buen ejemplo tengo disponible y cómo puedo sacarle provecho?
• ¿Qué me gustaría poder recordar el 31 de diciembre del 2014?

Libretita leonardesca (ya sé, mueran de envidia).

Y ya sé que toda esta verborrea se pudo haber resumido en "el que mucho abarca, poco aprieta", pero ¿a poco no escribo re-bonito?
Lo que queda entonces es aprender a pensar menos (o menos complicado) y hacer más.

Tarea para mañana:
Pensar menos y actuar más.

Da clic aquí para ver la entrada anterior.

Sentirse bien con uno mismo

Estoy comenzando el día de hoy esta serie de publicaciones que ahuyentarán a muchos sólo por su título (y por saber que es una serie). Los demás se irán después de leer la siguiente oración: la verdad es que no tengo idea de cómo uno puede sentirse bien consigo mismo. Me planteo este proyecto como un camino de autodescubrimiento (esto alejará a los dos lectores que quedaban) y la verdad no tengo visos de a dónde me podrá llevar, sólo sé que no podría sentirme mucho peor que en este momento, así que cualquier avance necesariamente deberá ser hacia arriba (y no, no quiero escuchar en este momento la consabida Ley de Murphy, gracias).
Tampoco es que me sobre el tiempo libre como para darme el lujo de estar escribiendo estas entradas o que quiera hacer perder el tiempo de mis lectores ventaneando mis asuntos personales (que ni lectores tengo, otra verdad). Pero me encuentro más o menos ante una emergencia psicológica y no quiero terminar saltando por una ventana (además, la de mi cuarto da a un pasillo). En estos meses, me he sentido sucesivamente defraudado en muchos niveles, empezando por mí mismo. Después de un escandalosamente bueno 2013, algo me bajó de mi nube y me puso a andar el camino de a de veras. Y los caminos de la vida, como dice la sapiensísima canción, "no son como yo pensaba, no son como imaginaba, no son como yo creíaaaa". También es un poquito culpa de la crisis previa a los treinta años (porque así es, aunque sé que parezco de muchos más, tengo 27). Como no le creo a los libros de superación personal, no comenzaré por ahí, sino por una búsqueda en internet (estoy decidiendo al tiempo que escribo estas líneas, después de que notar que en mi librero no había nada relacionado con el asunto).

[Minutos después]
Lo que hice fue teclear en Google las palabras "how to feel" y luego este buscador sugirió "good about yourself" (supongo que hasta las inteligencias artificiales pueden percibir mi estado lamentable). Y encontré una entrada de WikiHow con 27 pasos, que tenía fotografías de chicas enchinándose las pestañas y me recomendaba valorar las cualidades de mi rostro y la brillantez de mi cabello... Algunos minutos después de aprender cómo hacerme manicura, no me sentí mejor (ya sé, increíble). Así que busqué más opciones.

[Minutos después]
Encontré un texto titulado emotional fitness (sí, ya sé que debí descartarlo). Empecé a leerlo con optimismo: "Mantente en movimiento" (claro, es lo que estoy haciendo con esta serie de entradas, muy bien hecho, Leonardo). Pero luego me encontré con esto: "No dejes que los cambios en la vida te alejen de tu camino. [...] Gana más claridad permaneciendo en el curso (de tu vida) y canalizando tu energía en una dirección positiva". ¡Tremendo embrollo en el que me he metido! Resulta que para estar bien con uno mismo, una condición previa es saber qué camino sigues y cuál es la dirección a la que vas. Pero si precisamente eso fue lo que perdí. 

Tarea para mañana
Encontrar el camino de tu vida (o al menos encontrar cómo encontrarlo).

Nos veremos en la siguiente entrega *se echa a llorar a la cama*

Mi amor por Omi

Nombrar el amor siempre ha sido complicado para mí. Hacer el amor, Mi amor, Te amo, entre otras frases, salen poquísimas veces de mi boca hacia mi pareja. Hay algo dentro de mí que las encuentra insondables, irreales y desbordantes para casi todas las ocasiones.
La historia de Omi en Memorias de una máscara me puso de nuevo frente a esta reflexión, sobre todo el fragmento siguiente:
"En ese instante, nos miramos a los ojos. Fue realmente un instante. En su cara había desaparecido toda traza de burla y ahora estaba impresa una expresión extrañamente sincera. Había en su gesto vibrante algo intenso y puro, algo indefinible que no era ni hostilidad ni odio. Tal vez eran puras imaginaciones mías. [...] Pero lo que supe es que Omi se dio cuenta de que yo estaba enamorado de él y sólo de él. Se dio cuenta por mi mirada fugaz clavada en sus ojos y por el temblor, poderoso y súbito como un relámpago, que había recorrido los dedos de los dos."
A lo largo de mi vida tal vez sólo me haya encontrado con un trío de Omis con los que haya podido compartir un efecto de reciprocidad amorosa. Asumo que en todos los otros no ha habido sincronía honesta: mientras yo experimentaba momentos de amor, ellos no y al revés. El amor recíproco es perfección, pero la perfección sólo puede durar instantes. Quisiéramos prolongar esa sensación hasta el fin del tiempo, pero creo que sólo nos engañamos. La verdad es que el momento de ardor sólo puede ser alcanzado, como lo describe Mishima, como un relámpago. Podemos incluso escuchar el trueno que le precede, pero éste es sólo su efecto: el momento ideal ha pasado ya y no volverá a repetirse.
Aquí me asaltan afirmaciones que he escuchado, como que el amor es una duración o el amor se cultiva y me parece que me equivoco al asemejar al amor con el arrebato. Sin embargo, me convenzo pensando en que lo intenso no puede ser durativo y que el amor no puede ser tenue.
Al final, tampoco quiero terminar escribiendo un desencantamiento sobre el amor. Como el relámpago, el amor enceguece, retumba, se expande, quema, destruye... en síntesis: se reitera, deja secuelas. Según lo que he dicho, no son amor éstas, aunque se le parecen en complacencia, pero sí son lo que llamamos estar enamorado.

Los nadadores

Con las lecturas de Eduardo Montagner y Yukio Mishima rondando mi cabeza, hoy en la alberca, mientras miraba con desdén a los que nadaban mejor que yo, pensé espontáneamente que aun si pudiera, no tomaría la decisión de ser heterosexual (ya sé que estoy usando mal la palabra decisión). No después de haber andado el camino amarillo, pues. Comparé la disyuntiva con una escena ficcionesca en la que me ofrecieran quitarme un brazo para darme uno nuevo, prometiéndome que tendría las mismas sensaciones táctiles pero ahora provocadas de modos diferentes, que tendría que tomar las cosas de otra forma y que debería reaprender a dirigir mis dedos para que hicieran las cosas que hacen. Aun cuando realmente fuera tan igual, la sola experiencia del reemplazo me abrumaría; sin embargo, también la sola experiencia del aprendizaje me entusiasmaría. No obstante, al final, como entenderá el amable lector, siempre se impone la costumbre: ¿y si después el brazo y yo no somos compatibles y ya no hay vuelta atrás? ¿Y si me canso del brazo con el que no puedo ser diestro? Exacto, haber andado el camino amarillo me haría extrañarlo: el brazo es sólo el conducto, pero al final uno quiere es lo que puede tomar con él, uno quiere la experiencia de la caricia, y la quiere nítida, completa, natural.
En mi receso de ir de un lado al otro de la alberca, miré a un par de chicos que abordaban con soltura a una chica que había entrado recién: le preguntaban su nombre, de qué escuela venía, le coqueteaban amablemente y en complicidad. En la regadera, otros dos se contaban lo mucho que les sorprendía que Rubia de Fuego les hubiera dirigido la palabra. ¡Cómo me gusta!, decían. Cosas espontáneas, sencillas, esperables, pero que para mí están condicionadas a un ambiente específico y que siempre debo tamizar. Ataduras sociales que no existen realmente, pero que experimento: años de condicionamiento. ¿Extrañaría eso también siendo heterosexual? El secreto de ser diferente también tiene cierto encanto, debo admitir.
Al final, sólo pude concluir que esos nadadores fluían mejor en el líquido clorado porque el agua no oponía resistencia a sus cuerpos: los dejaba pasar con fluidez. Yo, en cambio, era lento y me desgastaba después de un rato. Y ya sé, en ambos casos la culpa es del nadador: ellos lograban deslizarse sin temores porque su corazón no los había engendrado; en cambio, mis movimientos en el agua eran afectados y toscos porque estaban llenos de miedos, de reticencias, de dudas.
Ahora mismo estoy en una encrucijada pintoresca de mi vida, que me hace pensar estas cosas mientras nado. "Ojalá nos encontremos en otra vida, ya que en ésta no pudo ser", como dice la canción de Mau.